De buscar el control a aprender a confiar: Por qué dejé de escribir en 2019



 ​    Si miras las últimas entradas de este blog, verás a una persona que buscaba desesperadamente respuestas. En 2019, mi escritura estaba llena de reflexiones sobre la sanación interior, el "poder de cambiar", el positivismo y conceptos de la Nueva Era.

    ​Lo que no se veía detrás de esas palabras era lo que realmente estaba viviendo: me sentía estancada. Sentía que mi vida daba vueltas en círculos, atrapada en las mismas dinámicas, en relaciones mediocres y en la frustración de luchar incansablemente sin alcanzar las metas que tanto deseaba.

​    Buscando una explicación y una salida a ese cansancio, me adentré en ese mundo. Quería creer que si cambiaba mi mente o manejaba mis energías, tomaría el control de mi destino. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de una verdad incómoda: todo eso eran solo pañitos de agua tibia. Producían una sensación de bienestar momentánea, una anestesia pasajera, pero el vacío de fondo seguía ahí, intacto.

​    Llegó un momento en que me cansé de buscar por esa vía y simplemente me alejé, dejando este blog en silencio durante años.

​El quiebre que lo cambió todo

    ​El verdadero punto de inflexión no vino de una gran revelación teórica ni de un esfuerzo personal. Vino del dolor más profundo que he experimentado: la muerte repentina e inesperada de mi mamá.

    ​Esa pérdida me destruyó. En un instante, todo el discurso de que "nosotros controlamos nuestra realidad" se derrumbó por completo. Ante la crudeza de la muerte y el dolor absoluto, no había decreto ni técnica humana que pudiera sostenerme. Me quedé sin fuerzas, rompiéndome por dentro. Y en medio de ese abismo, lo único que me quedó fue aferrarme a Dios.

Una paz que no depende del éxito humano

​    Hoy, al volver a este espacio, no pretendo presentarme como alguien que ya tiene la vida resuelta. Si soy completamente sincera, sigo teniendo metas sin alcanzar y sueños que no se han concretado. La diferencia es que ya no vivo angustiada buscando el control de lo que no me pertenece.

    ​La partida de mi mamá me enseñó, a golpes de realidad, que no tenemos el control de absolutamente nada. Pero también me enseñó que cuando soltamos el afán de dominar nuestra vida y nos entregamos a la fe, encontramos un ancla sólida.

​    Aprender a confiar en que los planes de Dios son mejores que los nuestros no es un cliché piadoso; es la única respuesta que le dio sentido a mi dolor y paz a mi alma.

​    Este blog renace hoy con un propósito distinto. Ya no escribiré para buscar respuestas en mí misma o en formulas mágicas, sino para compartir el camino de aprender a vivir en la verdad, confiando en Dios en medio de nuestras imperfecciones, nuestras ausencias y nuestras búsquedas diarias.

​    Gracias a quienes leían mis escritos en el pasado y deciden acompañarme en este nuevo capítulo.

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