El Peso del Aire en la Casa Vacía

   


    Hay silencios que no son ausencia de ruido, sino una materia densa que se acumula en las esquinas de la casa. Octubre llegó con su luz oblicua, filtrándose por las rendijas de un calendario que se empeña en avanzar, mientras dentro de mí el tiempo se detuvo en aquel febrero donde el mundo perdió su eje.

    ​Ocho meses. Doscientos cuarenta días aprendiendo la anatomía de una grieta.

    Intenté escribir. Acomodé las palabras sobre la página blanca como quien intenta reconstruir un vaso de cristal tras el impacto, buscando qué borde encaja con cuál, sabiendo de antemano que la luz ya nunca atravesará el vidrio de la misma manera. Pero la tinta pesa cuando intenta nombrar la raíz de donde veníamos. ¿Cómo se traduce al lenguaje de los vivos el eco de una voz que sostenía el cielo?

    ​Tu partida no fue solo una ausencia; fue una reconfiguración de la materia. Te llevaste el molde, la matriz, la arquitectura invisible que me daba forma. Desde entonces, el dolor no es una visita conversable; es el aire cargado que se respira antes de la tormenta, la certeza de que toda estructura construida hacia arriba carece ahora de cimiento.

    Intento bordar este texto con los hilos que me quedan, pero la aguja tropieza siempre con la misma piedra: la evidencia de que ya no estás para leer la sintaxis de mi vida. Escribo desde este lado del río, con las manos llenas de tierra y la memoria viva, sabiendo que nombrarte es la única forma que conozco de evitar que el olvido reclame también el espacio que dejaste en el aire.

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