Un
diamante que resplandece por vez primera, luego de subyacer largo tiempo en lo más
profundo del planeta.
Se ha
forjado sometido a presión y temperaturas extremas. Oculto, ignorando su
majestuosidad e inimitable belleza.
El magma, que arde en la profundidad,
le ha obligado a desprenderse de su cuna rocosa y, una abrupta erupción volcánica,
lo ha desterrado hacia lo desconocido, a la superficie de la tierra.
Expuesto bajo los rayos del sol,
ahora es capaz de apreciar lo que verdaderamente es: un ejemplar único, bello,
inalterable, irrompible e indomable. Ahora es consciente, por primera vez, de
su belleza, fuerza y grandeza.
En ese instante, el diamante agradece
por todas esas circunstancias adversas; pues de no ser por ellas sólo sería
otro átomo de carbono sepultado en la corteza más profunda de la tierra.

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